Vigilar a tu equipo puede volverlo menos productivo

Vigilar a tu equipo puede volverlo menos productivo

·5 min de lecturaNegocios y Emprendimiento

Durante años, muchas empresas compraron software de monitoreo con una idea casi intuitiva: si puedes ver más, puedes gestionar mejor. Sin embargo, la evidencia empieza a mostrar algo más incómodo. Cuando la vigilancia se vuelve permanente, el trabajo no necesariamente mejora. A menudo se vuelve más teatral, más defensivo y menos honesto.

El mercado global de estas herramientas ya ronda los US$ 648,8 millones en 2025, es decir, algo cercano a 13 mil millones de pesos mexicanos, según Fortune Business Insights. La aceleración llegó con la pandemia, cuando se dispararon las búsquedas para vigilar a quienes trabajaban desde casa. Muchas compañías compraron control. Sus equipos aprendieron a simular presencia.

Cuando la visibilidad reemplaza al trabajo real

Una revisión de Harvard Business Review señala que 78% de las empresas rastrea pulsaciones de teclado, capturas de pantalla, movimientos del mouse o ubicación por Wi-Fi. La intención parece clara. Lo que no estaba tan claro era la respuesta humana: si el sistema premia señales de actividad, mucha gente empieza a optimizar para esas señales, no para el resultado.

En la encuesta de 2026 recopilada por State of Surveillance, 49% de las personas monitoreadas dijo que intenta burlar el seguimiento. Algunas dejan el estado de Slack en verde mientras hacen otra cosa; otras usan herramientas para mover el cursor sin estar ahí. El promedio llega a 10 horas semanales dedicadas a esa “productividad performativa”. No es ocio abierto. Es una coreografía para parecer disponible.

La paradoja que mostró la investigación

Eso ayuda a entender por qué los experimentos dirigidos por Chase Thiel, de la University of Wyoming, junto con David Welsh, de Arizona State, resultan tan reveladores. En dos estudios resumidos por Harvard Business Review, compararon a trabajadores bajo vigilancia electrónica con personas que hacían tareas similares sin esa presión explícita.

La conclusión fue consistente: el monitoreo reduce, de forma casi inconsciente, la sensación de responsabilidad personal. Cuando alguien siente que una autoridad externa lo controla a cada momento, deja de autorregularse con la misma fuerza. El grupo vigilado hizo más trampa, rompió más reglas y mostró menos iniciativa. Es una paradoja dura para cualquier director: el dispositivo diseñado para disciplinar puede terminar debilitando la disciplina interna.

Medir no es lo mismo que desconfiar

Otro trabajo, encabezado por Shawn McClean y citado también por Harvard Business Review, añade una capa importante. El problema no es cualquier forma de seguimiento, sino el sentido que adopta dentro de la organización. Cuando el monitoreo se usa para controlar o evaluar, crecen el robo de tiempo, la desatención y el llamado cyberloafing. Cuando se presenta como apoyo al desarrollo y al feedback, esos efectos se reducen.

En otras palabras, la tecnología no opera en el vacío. Importa el pacto social que la rodea. Si el mensaje es “no confiamos en ti”, la herramienta termina amplificando justo aquello que quería corregir.

El costo que termina viendo finanzas

El dato más serio quizá no está en la psicología, sino en la rotación. El 72% de las personas monitoreadas dice que la vigilancia no mejora su productividad o incluso la empeora. Además, 42% planea dejar su empleo en el plazo de un año, frente a 23% entre quienes no son vigilados. Para cualquier empresa que dependa de talento calificado, esa diferencia es carísima.

Sustituir a una persona del conocimiento suele costar entre 50% y 200% de su salario anual. Si una organización con cientos de empleados eleva su rotación por desconfiar de todos, la suscripción al software deja de parecer una inversión racional. Por eso, los ganancias de productividad basadas en la confianza suelen ser más robustas que cualquier tablero de control.

Europa ya está marcando límites

A comienzos de 2024, la autoridad francesa de protección de datos impuso a Amazon France Logistique una multa de 32 millones de euros por prácticas de vigilancia consideradas excesivamente intrusivas, como recoge la CNIL. No es un debate abstracto. La regulación ya está convirtiendo el abuso en riesgo jurídico.

Además, desde febrero de 2025 empezaron a aplicarse en la Unión Europea las prohibiciones del AI Act para ciertos usos inadmisibles, entre ellos sistemas que intentan inferir emociones de trabajadores en contextos laborales. Y el régimen sancionador descrito en el artículo 99 del EU AI Act prevé multas de hasta 35 millones de euros o 7% de la facturación global.

Lo que sí parece funcionar

La alternativa que emerge de la investigación no tiene nada de futurista. Se parece más a una verdad básica de gestión: la confianza bien diseñada produce más que la sospecha automatizada. En entornos de baja confianza, apenas 17% de las personas propone ideas nuevas a sus jefes. En organizaciones de alta confianza, la cifra sube a 70%.

Algo similar se vio en el mayor ensayo reciente de semana laboral de cuatro días, con 141 empresas y 2.896 trabajadores en seis países. Los resultados, conectados con cómo trabajan realmente quienes rinden mejor, mostraron menos agotamiento, menor rotación y más ingresos. Ninguna de esas mejoras dependió de vigilar más. Dependieron de rediseñar el trabajo y de tratar a la gente como adulta.

Al final, la pregunta importante no es si tu equipo parece activo en pantalla. Es si el sistema que instalaste para elevar el rendimiento no terminó enseñándole a todos a parecer ocupados mientras el compromiso real se apaga.

Fuentes y Referencias

  1. Harvard Business Review / Arizona State University, University of Wyoming
  2. Harvard Business Review / University of Wyoming, University of Oklahoma
  3. Fortune Business Insights
  4. State of Surveillance / Arizona State University
  5. EU AI Act

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